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De democracia a democracia

Escrito por Mechanical el 15 de Abril de 2006 · Sin comentarios

Artículo de Juan Ortiz Villalba, historiador.

En la España de los siglos XIX y XX los cambios de régimen se producían mediante un pronunciamiento militar. Las dos Repúblicas y la Monarquía parlamentaria actual son excepciones. El 11 de febrero de 1873, tras la abdicación de Amadeo, reunidos en Asamblea Nacional el Congreso y el Senado, proclamaron la República. Durante los once meses que duró ésta, fueron presidentes del Poder Ejecutivo cuatro impecables demócratas, que sucesivamente presentaron su dimisión por motivos de hondo calado: Estanislao Figueras, al ganar las elecciones los federales; Francisco Pi i Margall, cuando éstos se le fueron de las manos y comenzaron la insurrección cantonal; Nicolás Salmerón, por no ratificar unas penas de muerte, impuestas en consejo de guerra; y Emilio Castelar, una vez perdida la confianza del Congreso, no quiso gobernar por decreto, como le proponía el general Pavía. Entonces éste disolvió las Cortes y entregó el poder al inevitable general Serrano. El pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, a finales de 1874, alumbró la Restauración en la persona del rey Alfonso XII.
Para muchos, la República quedó asociada al caos cantonal, ignorando que, antes de que se proclamaran independientes Alcoy, Alicante, Cartagena, Cádiz, Sevilla, etc. para constituir desde abajo la República Federal, antes incluso de que se produjera el cambio de la Monarquía a la República, los carlistas habían desatado en el Norte su tercera guerra al grito de “¡Dios, Patria y Rey!” o “¡Dios, Patria y Fueros!”; e ignorando también que, desde la revolución de 1868, en Cuba había estallado su primera guerra de independencia.
La segunda República, que habría de sufrir no menos incomprensión que la primera, nació de unas elecciones municipales, en las que paradójicamente los monárquicos obtuvieron en la vasta España rural más votos y concejales que la Conjunción Republicano-Socialista. Pero a nadie engañó este resultado. Ni siquiera al jefe del Gobierno, almirante Aznar, que declaró: “¿Qué me dicen ustedes de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?”. Tampoco al rey Alfonso XIII, que reconoció en su despedida: “Las elecciones me demuestran claramente que he perdido el amor de mi pueblo”. La segunda República surge, como la primera, de un acto de civismo y democracia, no de un pronunciamiento militar.
Para comprender su trayectoria es imprescindible recordar que el mundo se debatía ya en la catastrófica crisis de 1929, que afectó a España desde el primer momento, sobre todo a una ciudad exportadora como Sevilla. En ésta los efectos de la crisis se sumaron a los de la malhadada Exposición Iberoamericana. La ciudad, que alcanzó los 250.000 habitantes en 1929, perdió al año siguiente 20.000 y el Ayuntamiento quedó entrampado para décadas. En toda España cundieron la inflación y el paro, provocados, entre otros factores, por la suicida política económica de la Dictadura de gastar desmesuradamente y no recaudar en consonancia. Las huelgas aumentaron.
Malos tiempos para la naciente República, acogida por las masas como la panacea de aspiraciones seculares, mientras que las minorías privilegiadas no tardaron en cerrar filas contra el nuevo régimen democrático. El reformismo de Azaña y el PSOE durante el primer bienio levantó ampollas entre militares y clérigos, acostumbrados ambos estamentos a gozar de influencia y privilegios sin cuento, así como a la explotación de las ubres del Estado. En cuanto a propietarios y patronos en general, sobre todo agrarios, encajaron mal la subida de salarios, las Leyes de Términos Municipales, Laboreo Forzoso, Arrendamientos y Reforma Agraria, los Jurados Mixtos y las Bolsas de Trabajo, el seguro de accidentes, etc.; máxime, cuando los precios al por mayor del trigo y el aceite descendían por la crisis en el mercado mundial.
El descenso de salarios y la represión durante el bienio conservador llevó a las masas a la desesperación. Mi madre recordaba una triste canción, escuchada de niña a una manifestación jornalera. Era de noche y, detrás una bandera roja enarbolada por una joven vestida de rojo de los pies a la cabeza, salmodiaba la gente:
Pueblo de L. / ¡Cómo te ves! / Muerto de hambre / Y sin comer. / “-Te estás muriendo de hambre, / No te llevo a trabajar”. / Y encima de estas lecciones / Te llaman para votar…
Las derechas no republicanas cifraron su objetivo en un régimen antiliberal, corporativo y autoritario. Gil Robles decía: “La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer”. Cuando fracasó en las elecciones de febrero del 36, llegó la hora de los múltiples golpistas.
Pero las instituciones de la República sobrevivieron incluso en las duras condiciones de la Guerra Civil y el exilio y sólo se disolvieron cuando, una vez aprobada la Constitución de 1978, cobró la Monarquía verdadera legitimidad.”

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