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La filosofía en tiempos de Luis XIV (II)

Escrito por Mechanical el 29 de Mayo de 2006 · Sin comentarios

Otro de los aspectos reseñables es la figura del rey. Esta no es expuesta de cualquier forma, así pues como toda personalidad que ostenta un poder que es capaz de dirigir un reino o un Estado debe mostrarse con esplendor. No solo por el hecho en sí de mostrarse al pueblo, sino por el hecho de exponer la realidad y la fortaleza del poder monárquico, un poder único y hegemónico que debe de servir para transmitir esta idea tanto a los que se gobierna como a los que no se gobierna, osease el enemigo, por ello me remito de nuevo y por última vez a la obra de Bodino:

La diferencia de los monarcas no debe establecerse por la forma de acceso al trono, sino por el modo de gobierno. El título de rey siempre ha sido augusto y el más honroso que puede tener el príncipe soberano. Por esta causa, el hábito, los atributos y las insignias reales fueron siempre propios e intransferibles, como, antiguamente la diadema y el cetro.

En cuanto al filósofo inglés Thomas Hobbes me gustaría centrarme sobre todo en su etapa de creación teórica en Francia, que cronológicamente coincide con el fin del reinado de Luis XIII y el nacimiento de Luis XIV, y la ascensión al trono en Inglaterra de Carlos II:

Durante su tercera estancia en París entra en contacto con el círculo del padre Mersenne, donde se admira y también se discute a Descartes, saludado por muchos como una nueva aurora. Hobbes lee las Primeras objeciones a la meditaciones y redacta él a su vez sus Objeciones, a las que también contesta Descartes (Terceras respuestas). Al abandonar París en 1636, después de esta tercera estancia, Hobbes lleva perfilado, en sus líneas principales, su sistema enciclopédico, teórico del cuerpo, del hombre y del Estado. Igualmente está ya definida para entonces su posición filosófica, materialismo, nominalismo, antropología naturalística y concepción absolutista del Estado. De 1640 A 1651 reside otra vez en París, ahora como emigrado. En las revueltas políticas de Inglaterra y Escocia, había llegado seguido al partido realista y definido los principios del derecho natural y político de acuerdo con dicha tendencia. Ahora, en París, dice adiós a los ideales monárquicos, sosteniendo aún la soberanía absoluta y unidad del poder político, pero creyendo que ello puede alcanzarse también en un régimen democrático. Su Leviatán (1651) sella su abandono del partido realista. Desde este momento pasa por traidor y se siente menos seguro en el exilio que en la patria. Después de la amnistía de 1651 vuelve a Inglaterra. Cuando el pretendiente al trono, discípulo suyo otro tiempo en París, es proclamado rey con el nombre de Carlos II, halla de nuevo Hobbes modo de introducirse en la corte.

De este concreto acercamiento a la figura de Hobbes podemos sacar una conclusión, y esta no es otra que: tanto el poder monárquico como el propio ámbito de la Corte son elementos que influyen en los intelectuales de la época, es decir, del siglo XVII. Esta influencia se manifiesta en que los intelectuales pese a ser ilustrados y defensores de reformas a través de la Razón, estos van a mostrarse como el resto de aristócratas, van a intentar darse a conocer en los círculos más elitistas para ir medrando socialmente hasta establecer contacto con la Corte. Así dentro de este ámbito no es extraño ver como los intelectuales más sobresalientes y menos contestatarios con el poder y gobierno del rey, realizan obras que tiene un marcado acento de exaltación del poder monárquico y en este caso del poder absoluto, como ocurre en la obra Leviatán de Hobbes.
Dentro de esta obra del filósofo inglés hay un pasaje que es muy esclarecedor, y que sin duda nos muestra la realidad del acercamiento de posturas entre pensadores y el rey, por ello véase lo siguiente que aparece en el comienzo de la segunda parte de la obra en el capítulo XVII:

El único modo de erigir un poder político común capaz de defenderlos de la invasión extranjera y de las injurias de unos a otros (…), es conferir todo su poder y fuerza a un hombre, o una asamblea de hombres, que pueda reducir todas la voluntades, por pluralidad de voces, a una asamblea de hombres, que represente su persona; y cada uno de poseer se reconoce a sí mismo como autor de aquello que pueda hacer o provocar quien así representa a su persona, en aquellas cosas conciernen a la paz y la seguridad común, y someter así sus voluntades, una a una, a su voluntad, y sus juicios a su juicio.(…)
Hecho esto, la multitud así unida en una persona se llama REPÚBLICA, en latín CIVITAS. Esta es la generación de ese gran LEVIATÁN o más bien (por hablar con mayor reverencia) de ese Dios Mortal a quien debemos, bajo el Dios Inmortal, nuestra paz y defensa. Pues mediante esta autoridad, concedida por cada individuo particular en la república, administra tanto poder y fuerza que por terror a ello resulta capacitado para formar las voluntades de todos en el propósito de paz en casa y mutua ayuda contra los enemigos del exterior. Y en él consiste la esencia de la república, que (por definirla) es una persona cuyos actos ha asumido como autora una gran multitud, por pactos mutuos de unos con otros, a los fines de que pueda usar la fuerza y los medios de todos ellos, según considere oportuno, para su paz y defensa común.

Y el que carga con esta persona se denomina SOBERANO y se dice que posee poder soberano; cualquier otro es su SÚBDITO.
Este poder soberano se alcanza por dos caminos. Uno es la fuerza natural. Así sucede cuando un hombre hace que sus hijos y los hijos éstos se sometan a su gobierno como siendo capaz de destruirlos si rehúsan. O cuando mediante guerra somete a sus enemigos a su voluntad, dándoles la vida con esa condición. La otra es cuando los hombres acuerdan voluntariamente entre ellos mismos someterse a un hombre, o asamblea de hombres, confiando en ser protegidos por él o ella frente a todos los demás. Está última puede llamarse una república política o república por institución; y la primera una república por adquisición (…)

En este fragmento del Leviatán nos acercamos a tres conceptos fundamentales como son: República, soberano y súbdito, que nos sirven para conocer cuáles son bases ideológicas del poder absoluto.
En cuanto a República es destacable que esta se entiende como la unión de gentes por el bien común y para evitar conflictos entre los propios individuos de una misma comunidad. Por tanto, el concepto adquiere un carácter universal ya que afecta a todas las gentes sin distinción alguna, todos están sometidos al poder de esa República.
El soberano es aquel que personifica y adquiere el poder de la República otorgada por el conjunto de individuos que así lo han decidido. Muy importante es la concepción divina del soberano al cual Hobbes le da el título de Leviatán. Ese Leviatán es un ser semidivino que tiene todo el poder y que solo está por debajo de la verdadera divinidad que es el Dios inmortal. Aquí podemos ver como se hace juega de manera evidente con la concepción religiosa y metafísica del término “dios”, ya que por un lado se usa para establecer el origen del poder soberano en una realidad más allá de este mundo físico, y por otro lado para establecer una conexión con la divinidad suprema que es Dios, y hacer de esta la garante de las acciones del soberano.
Por último está el término súbdito que hace referencia a toda aquella persona que no ostente el poder de la república, es decir, todo aquel que no sea el soberano. De esta forma se crea una especie de contrato mediante el cual todos le deben respeto y pleitesía al soberano, pues que este es el único capacitado para mantener la paz y la estabilidad de sus súbditos. En caso de sucederse acontecimientos que perturben esa paz y estabilidad que menos caben su poder el soberano puede recurrir a la fuerza para terminar de forma contundente con la inestabilidad.

Llegados a este punto podemos resumir y entender como es la visión de la concepción ideológica del poder absoluto y del monarca.

Durante el siglo XVI según las teorías de Bodino “el monarca es absoluto en la medida en que puede dictar leyes, puede decidir más allá de lo que el derecho común contiene. La conocida fórmula legibus solutus, según la cual el rey está libre y por encima de cualquier ley o limitación legal, excepto de las que procedieran del derecho de la nación, del derecho divino y del derecho natural se contiene en sus trabajos. A partir de ese momento se convertirá, además en legislador. El monarca es soberano y absoluto, pero en el marco del Derecho, debiendo respetar las instituciones y demás cargos importantes del reino.”

Mientras que en el siglo XVII con las teorías de Hobbes “partiendo de la definición del estado de naturaleza como status belli, se justifica un traspaso de poder al soberano, en términos absolutos e irreversibles, mediante el cual los hombres se someten al soberano de forma voluntaria, a través del pacto social, siendo su misión el mantener la paz y la seguridad en el marco de un ordenamiento coercitivo racional. Las guerras de religión constituyen para el autor del Leviatán la razón que explica y hace necesario un gobierno absoluto, en cuya formación no aparece la intervención divina. Sólo con un poder (absoluto) de esta naturaleza puede el hombre o asamblea con soberanía garantizar es paz, procurar el bien del pueblo y su seguridad. Cuando esto no es así, la república se convierte en algo imperfecto, enfermo e incapaz de cumplir con el fin para el que se le instituyó”.

Sin embargo, no se debe caer en la impresión de que las teorías de Juan Bodino y Thomas Hobbes fueran seguidas directamente por el rey Luís XIV, todo lo contrario. Estas teorías lo que nos sirven es para entender el contexto del absolutismo y de donde puede emanar algunas de las acciones llevadas a cabo por el monarca francés. Si algo destaca el reinado de Luís XIV es por su absolutismo, marcado por su propio entendimiento de la idea de cómo gobernar. Si bien es cierto que la influencia política en Luís viene dada por la educación recibida del cardenal Manzarino y los acontecimientos de la Fronda, el monarca francés destaco por asumir el mismo el gobierno, es decir, apostar por un gobierno personal.
Su deseo fue ejercer un poder absoluto, es decir, un poder que no fuera compartido con otros. Ello no significa que el rey gobernara sin asesoramiento o algún tipo de ayuda. Para realizar su labor con la mayor eficacia y consistencia el rey Luís XIV tuvo como ayudantes a grandes hombres entre los que destaca claramente Colbert.

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