Ver para creer. Resulta que a estas alturas de la historia, todavía hay pescadores de los de antes. Sí, ya saben, de esos que pescaban hombres. Y además, aunque al final es lo que menos importancia tiene, son españoles. Lo cierto es que no tuvo que andar nadie sobre las aguas, sino ver la cruel e inhumana indiferencia de las autoridades de la pequeña isla de Malta (más pequeña para mí ahora que conozco la humanidad de sus habitantes) y ver como un barco maltés volvía a puerto pasando con estilo olímpico de las explicaciones del patrón español y del paquete que había en el agua. Así que ahí les dejo la estampa: a la izquierda un santapolero, alicantino, español, con su tripulación, patrón de un barquito de pescar gambas. A la derecha un cayuco o barca talla XL con 52 personas dentro sin apenas agua ni idea de donde se encuentran y, al fondo, como si no fuera con ellas (como si no existieran) las costas de Malta.
Precisamente se habla con la costa. No hay respuesta. Se coge la radio del barco, el teléfono o el morse y se mueve el cielo y la tierra para saber qué hacer en una situación tan extraña. No hay nada claro después de seis horas de intentos. Al demonio. El patrón, que viene de tierras de espíritu democrático, y evitando un motín o un mal mayor, lo somete a votación. Lo único que estaba claro es que allí donde los habían encontrado, no los volvían a dejar. Arriba con ellos. Siete días de intensa convivencia pueden cambiar muchos conceptos en las mentes de las personas. Y eso no sólo pasa en los realities televisivos de comienzos del siglo XXI: Antes, cuando veía imágenes de pateras en Canarias pensaba: ‘que los devuelvan a su país’, pero cuando les vi de frente, cuando miré sus caras y vi a aquellas mujeres, aquella niña y aquellos hombres valientes, me cambió el chip. Nos han complicado un poco la vida, pero no nos arrepentimos. Lo volveríamos a hacer”, decía José Durá López, de 39 años y patrón del Francisco y Catalina, nombre del pesquero-buque de rescate con un poco de vergüenza.
Nunca es tarde para darse cuenta de algunas cosas. Nunca es tarde para mirar a las caras de rasgos diferentes y piel de otra tonalidad que sólo ves por la tele o en el semáforo con los pañuelos de papel y darte cuenta, frente a las costas de Malta o en la esquina de tu calle, que sonríen como los demás cuando les pasan cosas buenas, que tienen una historia detrás de esas caras como la tuya o la mía. Esa niña que estaba entre los 52 inmigrantes y que viajaba con su madre, a la que los pescadores intentaban alimentar con todo los tipos de comida que tenían (arroz, pasta, helado, colacao, galletas y hasta gominolas) porque al principio no quería comer, es como todas esas niñas de dos años difíciles para las comidas. Por Dios, ¡me parece una idiotez tener que explicar con comparaciones que son personas como tú y como yo! pero por lo visto las autoridades de Malta no se enteran, y las de la Unión Europea se ahogan en la burocracia. A los siete días aparecen dos aviones españoles en Malta, y hasta que no los ven aterrizando los desconfiados malteses no dan autorización a los pescadores para desembarcar. Si nuestro patrón fuera un besugo maltés de esos que pasan de largo porque tienen que pescar peces, lo mismo llegan a malta los 52 con los pies por delante y el cayuco por piezas. Por cierto ellos cumplieron la legislación, puesto que el hecho de dejar a naúfragos a la deriva puede constituir un delito penado con la cárcel. Aunque un servidor de ustedes piensa que pesó más la conciencia de personas responsables que el miedo al incumplimiento de una ley en la cabeza de esos hombres.
Nuestros pescadores de hombres vuelven a pescar gambas, después de haber llenado de provisiones y satisfacción la bodega del barco y de haber dejado a esas personas con un futuro mejor bajo el brazo. Políticas de inmigración aparte, y sabiendo perfectamente que la inmigración masiva no es una solución para este problema, estamos hablando de humanidad. Señores políticos del mundo: no eran troncos de árboles que iban a la deriva. Los Derechos Humanos están para algo. ¿Qué opinión tendríamos nosotros de los alemanes cuando tras la guerra los españolitos se iban con una maleta atada con una cuerda y llena de embutidos si nos hubieran negado cualquier ayuda humanitaria? (de un trabajo ni hablamos). Parece mentira que luego los aplaudan en los estadios y los colmen de millones porque sepan meter una pelota entre tres palos. Esos también son inmigrantes.
En fin, yo me siento orgulloso de ser español, por lo menos cuando mi país, aunque lento, se preocupa por personas perdidas en el mar que nadie quiere, e incluso asume una responsabilidad que no le corresponde. Es puro civismo y responsabilidad. Y más orgulloso estoy de que seis pescadores españoles de gambas se hayan metido a pescadores de hombres y de dignidad.
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CalheR ↓
Esto es lo malo de dictar leyes que, aunque lógicas (y necesarias, añadiría), van contra todo sentimiento humanitario. Se dice que no pueden entrar inmigrantes ilegales, bien, pero si estos tipos se encuentran una patera a la deriva con una gente que se está muriendo, qué hacen, ¿les dejan morir allí?
Es un tema complicado, pero es evidente que, mirándolo a la cara, la visión es muy distinta de la que se puede llegar a tener desde un cómodo despacho de Bruselas.