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La extraña guerra de las hormigas

Escrito por Jota el 11 de Septiembre de 2006 · Sin comentarios

La guerra es ocupación más propia de bestias que de hombres. Así reza una frase de Luis Vives, con la que estoy completamente de acuerdo, pero que yo completaría diciendo “antes bien, las bestias nunca han iniciado guerras tan inútiles”. Las guerras son un residuo de nuestro instinto más animal, que no es otro que el de la violencia y la sangre para resolver conflictos e imponer opiniones. Sin embargo las razones para el enfrentamiento entre animales está más o menos justificado: comida, reproducción, dominio. No obstante, son pocos los animales que, siendo de la misma especie y enfrentándose por el dominio de un territorio o unas hembras, maten a su adversario. Sin embargo nosotros, con toda nuestra evolución no tenemos inconveniencia en matar sin despeinarnos a nuestros semejantes por la raza, el poder o el dinero. Y son las palabras crudas y ofensivas, y tras ellas las descalificaciones las que terminan ahogando el diálogo y dando paso a la fuerza bruta.

Por eso hoy quiero hacer referencia a un cuento filosófico muy especial. Escrito por Hubert Nyssen e ilustrado por Christine Le Boeuf, La extraña guerra de las hormigas es uno de los títulos integrados en una colección de cuentos filosóficos dirigida por Madeleine Thoby y editada en un original formato de dimensiones de folleto por la prestigiosa editorial Lumen. Pese a ser un libro dirigido a los jóvenes, se trata de una fábula interesante para todos, puesto que no hace más que expresar el poder de la palabra y la peligrosidad que supone como arma arrojadiza y como raíz para odios y agresiones cuando no se es capaz de dominar desde el respeto y la tolerancia.

Esta fábula cuenta la historia de cuando en la tierra existían dos tipos de hormigas más además de las negras y las rojas: las verdes y las azules. Un buen día, en el tiempo de estas hormigas, aún quedaban algunas hadas. Y entre ellas estaba Eloísa, una hada metomentodo, que hacía lo que fuera necesario para saber todo lo que ocurría, lo que se hablaba, donde iba éste o de dónde venía aquel. Un buen día quiso saber qué hacían las hormigas y para ello les dio el don del habla. Y a partir de ahí empezaron sus problemas. Al principio hablaban sin parar y no realizaban adecuadamente sus tareas. Luego, cuando estaba perfectamente disciplinadas gracias al don del habla y progresaban, toparon las unas con las otras, verdes y azules, cuando un grupo de ellas se internaron en el territorio de las otras. Y entonces se escucharon palabras terribles. Y los ancianos de ambos bandos quisieron poner freno a ese odio, pero no les hicieron caso, y las palabras continuaron manado iracundas de unas hacia las otras y de las otras hacia las unas:

Las hormigas verdes pensaban que nada iguala al verde, y menos que nada el azul. Las hormigas azules afirmaban que el azul no tiene igual, y que el verde no se le puede ni comparar, Y así desaparecieron de la tierra las hormigas azules y las hormigas verdes, víctimas de unas palabras que, pese a su apariencia inofensiva, pueden matar a quienes hacen mal uso de ellas.

Ya saben lo que dice el proverbio, “uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. La vida puede ser maravillosa. No la ensuciemos con palabras malsonantes e hirientes que no llevan a ningún sitio.

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