A nadie se le escapa que, cuando uno dice pertenecer a una religión pacífica, expresa también que su apoyo o su gusto por la violencia es nulo. Quizá, y siendo más específico, cuando uno dice pertenecer a una religión no violenta, su interlocutor entiende que está hablando con una persona que no apoya la violencia en ninguna de sus vertiendes. Y además, cualquier persona entendería que cualquier miembro de una religión que se jacte de no ser violenta se defendería si la acusasen de lo contrario, y que lo haría, claro está, por medio del diálogo, o por cualquier otro, menos por medio de la violencia. Es lógico, ¿verdad?
Sin embargo, algo falla cuando, una y otra vez, a acusaciones, o incluso insinuaciones, de la naturaleza violenta de una religión se responde por medio de ¿qué? Sí, de eso: ira, odio, amenazas, muertes Violencia.
Algo debe fallar en el discurso de la no violencia cuando a un profesor francés de filosofía lo tiene que proteger la policía porque ha recibido amenazas de muerte por decir, precisamente, que el Islam es una religión violenta. Por decir que el Corán define a Mahoma como un jefe militar despiadado, asesino y saqueador. Por decir que el Corán es un libro de una increíble violencia. Por decir algo que es cierto, por lo tanto.
Y por decirlo en un país libre, como Francia. Libre aunque, como otros, cada vez lo sea menos por miedo a herir la sensibilidad de una religión tan pacífica que no admite, bajo ninguna circunstancia, la más mínima crítica. Por miedo a una religión tan pacífica que, si es necesario, mataría a un profesor de filosofía para demostrar que ella, de violenta, no tiene nada.
Y, para colmo, resulta que el Ministro de Educación de ese país, Gilles de Robien, expresó su solidaridad con el profesor, pero dijo también que un funcionario público debe ser moderado y prudente en todas las circunstancias.
¿Y la libertad de expresión, señor De Robien, no debería ejercerla un profesor de filosofía con toda la fuerza de que sea capaz?
Dice el profesor, de nombre Robert Redeker, que se siente sin casa en la República Francesa, mientras todo lo que he hecho es ejercer mi derecho constitucional a expresar mi opinión sobre una religión.
Pues sí, Robert, pero eso es algo que, al perecer, no se puede hacer con según qué religión. Y a algunos, además, parece importarles bien poco.
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