Tras décadas de negociaciones, rupturas, violencia, enfrentamientos, reuniones y decepciones en las relaciones entre Palestina e Israel, un multimillonario judío ha pensado que quizá la solución sea más fácil que todo eso. Así que ha decidido ofrecer un billón de dólares al primer ministro palestino Ismael Haniya: los cien primeros millones los cobraría sólo por sentarse en la misma mesa que Ehud Olmert; el resto, si se alcanza un acuerdo de paz.
No es una cosa nueva. En Pakistán, por ejemplo, el ejército utiliza sobornos para hacer que muchas tribus beligerantes dejen de molestar. Y, seguramente, a lo largo de la historia encontramos múltiples ejemplos de gravísimos conflictos solucionados por la fuerza del poderoso caballero.
Seguro que a este multimillonario le fascina la idea de sea el artífice de la ansiada paz, recibir un Nobel y pasar a la historia. Y yo, al menos, no me atrevería a decir que la idea sea descabellada. Lo que falla no es la idea, es la cifra. Sigue añadiendo ceros a la oferta y llegará un momento el que el odio acérrimo y las afrentas imperdonables se queden en pequeñas rencillas, de esas que se arreglan con un buen apretón de manos.
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