Cuando supe que tanto él como la Madonna, dos de los cuadros más importantes en mi juventud, habían sido devueltos a las autoridades y a la protección del museo, suspiré aliviado. Parecía como si aquel lienzo tan absolutamente emocional como caótico, tanto como lo era su creador, estaba destinado a poseer una vida llena de altibajos.
No obstante, me había precipitado al tranquilizar mi preocupación por El Grito, de Edvard Munch: su penúltima aventura, la del secuestro junto a su compañera la Madonna de dos años de duración, no había acabado del todo bien. Parece que los indeseables que se los llevaron bajo el brazo no sabían realmente lo que tenían en sus manos, no comprendieron lo sensible que son lienzos de ciento trece y ciento doce años y permitieron que el agua mojase parte de ellos. Ingebjörg Ydstie, directora del Museo Munch, ha declarado sobre el estado de salud de El Grito: “el agua impregnó la tela (en la parte inferior izquierda del cuadro) de tal manera que resulta imposible que la pintura de esa zona se vuelva a ver igual a la del resto”. Por ahora la incertidumbre por ambos es grande, puesto que no se sabe con exactitud si los cuidados de la restauración nos los devolverán tal y como eran en un pasado reciente.
A muchos de los que lean estas líneas, les pareceré un poco loco por el tratamiento de ser vivo que ofrezco a un trozo de tela pintada. Pero realmente no hago constancia de esta tristeza para ese tipo de personas, sino para los que vieron en la obra de Munich, el dolor, la pena, la angustia, la tristeza y la impotencia que alguna vez nubla el corazón de todo ser humano, y que sólo una sensibilidad privilegiada podía expresar en una imagen como esa.
Creo que yo no sería capaz de describir su creación como el propio Munich, prolífico escritor, hace de su propia obra, a la que tituló originalmente como Desesperación. Espero que disfrutéis con ella:
Una noche andaba por un camino. Por debajo de mí estaban la ciudad y el fiordo. Me sentía cansado y enfermo. Me quedé mirando el fiordo, el sol se estaba poniendo. Las nubes se tiñeron de rojo como la sangre. Sentí como un grito a través de la naturaleza. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban”
Ojalá no se silencie este grito.
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