Ahora que salen a la palestra los posibles candidatos de la campaña electoral presidencial Norteamericana, esa que nos afectará a todos más tarde o más temprano, y de la que ya desde aquí nos hemos ido ocupando de daros unos primeros esbozos, me ha parecido bien recordar cierto asunto que ha pasado a la historia como una de las anécdotas presidenciales más pintorescas de los USA (nada que ver con Lewinsky), y que ha podido ser vista en una exposición en la Biblioteca Presidencial Richard Nixon, en California.
Como puedo suponer, la imagen lo dice todo. Dos hombres en caída libre se dan la mano dentro del Despacho Oval. Por un lado, un Richard Nixon en horas bajas, con la popularidad por los suelos, que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en “el primer presidente de Estados Unidos que pierde una guerra”, según sus propias palabras, algo que no tardaría mucho en suceder. Por otro lado un “Rey del Rock”, Elvis Presley, que iba entrando en una decadencia peligrosa y que había perdido una buena parte de sus dominios regios por culpa de cuatro ingleses desarrapados que habían revolucionado la música en todo el mundo.
A Elvis, caprichoso como ninguno, se le había metido en la cabeza poseer una chapa de agente federal de lucha antidroga. Ni corto ni perezoso se plantó en Washington con su traje morado, su camisa blanca de cuello de pico y sus gafas de montura de plata y brillantes que escribían sobre ella sus iniciales, seguido por el séquito de sus guardaespaldas. Al llegar a las rejas de la Casa Blanca se anunció con la intención de ver al presidente. A Bud Krogh, consejero presidencial de entonces, le anunciaron “que ha llegado el rey”, y él, sin tener prevista ninguna visita regia dijo: “Pero si hoy no esperamos a ningún monarca…“. La respuesta no pudo ser otra: “No, no. El Rey del Rock. Está aquí en la puerta“. Tras anunciar por una carta el motivo de su visita, volvió a su hotel a la espera de que lo llamasen, como efectivamente ocurrió. Elvis Presley expuso a Nixon, dos hombres de ideologías parecidas pero capacidades muy distintas, su preocupación por el aumento del uso de las drogas entre los jóvenes, por el avance de la cultura hippy, la ideología izquierdista de los estudiantes demócratas, el comunismo y los movimientos de defensa de los derechos para los negros. Por eso pedía una identificación como agente federal antidroga. “Puedo ayudar a este país al que amo”, le dijo Elvys, que le hizo un regalo a Richard Nixon que simbolizaba un poco las maneras de “reconciliación” que parecía manejar el rey: un Colt 45 de la Segunda Guerra Mundial con siete balas de plata en el cargador. Fue un 21 de diciembre de 1970. Los informes internos de la Casa Blanca, en los que se puede leer “Esto tiene que ser una broma“, y la pistola misma formaron parte este mismo mes de la citada exposición.
Elvis se llevó la chapa, y dejó una Casa Blanca atónita, en la que ha sido la reunión más surrealista que haya tenido lugar dentro de las cuatro paredes del Despacho Oval. Excelente trabajo, como siempre, de Javier del Pino en El País.
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FeRnAn ↓
Me ha parecido impresionante lo de la reunión, aunque de Elvis te lo puedes esperar todo.
Radikal ↓
Joder… curioso, mucho.