Siempre, casi desde pequeño, he sido un ferviente admirador de las viñetas de Forges. Con ellas he soltado hilarantes carcajadas. Algunas viñetas han sido antológicas y creo que nunca me las quitaré de la cabeza. Aunque no siempre sea igual de brillante, cada día nos ofrece unos dibujos que, si no una carcajada tronante, sí al menos nos arrancan una sonrisa y nos dejan siempre un buen sabor de boca, un agradable regusto de aprobación.
Pero Forges es un humorista y, aunque sus viñetas no carezcan de una opinión política bien clara, las mejores que ha hecho son aquellas en las que se rie del personal. De los políticos, de los funcionarios, de los futboleros y de quien se le pase por la cabeza. En el mismo periódico pero unas páginas más adelante dibuja otro humorista gráfico que, en contraposición, ha hecho de la mala leche su santo y seña. Que, casi siempre, más que hacernos reir, nos arranca un aplauso de admiración hacia su habilidad de decirlo todo con tres palabras y un garabato. Ayer, El Roto llevó esta habilidad a sus cotas más altas:

Genial.
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