Sí, se cumplieron los pronósticos y pasaron los dos candidatos favoritos. Triunfaron los partidos tradicionales, los de toda la vida, centro-izquierda y centro-derecha, socialistas y conservadores. El despreciable Le Pen se quedó en un 11% y Bayrou no pasó del 18%. Francia, esta vez, no ha querido experimentos.
La participación, y esto es lo mejor, alcanzó el 84%. Sensacional. La nueva generación política que se disputará la presidencia ha conseguido movilizar al votante. Los dos son candidatos con carisma. Los dos son buenos políticos. Los dos han presentado propuestas y los dos han conseguido convencer a los suyos. Ahora tienen que convencer al resto.
Me gusta el sistema francés. Le da a los ciudadanos dos oportunidades de votar y cada una tiene un sentido útil. En primera vuelta cada una vota al suyo, pero, si no sale, siempre tiene la oportunidad de elegir, entre los dos mayoritarios, el menos malo. Elegir al que más te gusta es lo fácil; tomar la decisión de elegir entre dos candidatos que no te convencen es más complicado, pero exige al votante una madurez política y un acto de responsabilidad muy positivo.
Nos esperan un par de semanas de debate y reflexión, de estrategia política y discursos encaminados a llamar la atención de la mayoría de los franceses. Los dos tratarán de presentarse como presidentes de consenso. Sarkozy parte con ventaja, pero Royal no despierta tanto odio en sus oponentes.
Lo bueno es que, pase lo que pase, la Democracia seguirá intacta. El ganador lo será tras haber acudido a las urnas la inmensa mayoría de la ciudadanía francesa. El perdedor le dará la mano y asumirá su derrota, respetará la voluntad de las urnas y se pondrá trabajar haciendo una oposición democrática y respetuosa, mientras prepara su proyecto de futuro.
Y no como aquí.
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