Sería lógico que una organización que pretende ser depositaria de los más altos valores, decir lo que está bien y lo que no, y establecer lo que se debe y no se debe hacer, debe tener un poco de cuidado con la elección de sus representantes. Que la acreditación para convertirse en voz y líder de la misma debe obtenerla alguien que la merezca, y que resulte creíble. Y no que la esa organización -la ONU, digamos- nombre a Zimbabwe, un país gobernado por miserables, líder de la Comisión sobre Desarrollo Sostenible de la ONU. Suena a cachondeo, pero es así. Como expresa el representante de los Estados Unidos en la citada comisión:
Realmente creemos que cuestiona la credibilidad de esta organización el tener un representante de un país que ha diezmado su agricultura, que era el granero de África y no puede ahora ni alimentarse a sí mismo.
Pues el hecho es que sí, la cuestiona, pero da lo mismo. Zimbabwe va a ser el país que le diga al mundo lo que tiene que hacer para lograr un desarrollo sostenible que además, en palabras del embajador de Zimbabwe ante la ONU, no tiene absolutamente nada que ver con los derechos humanos. Nada de nada. Que el que allí, día sí y día también, el gobierno detenga, torture y elimine a quien se le oponga no quita que, ecológicamente hablando, el país sea una maravilla. Con otras palabras: un país que no respeta lo más mínimo los derechos básicos de sus ciudadanos, y que de paso los mata de hambre, y que encima lo reconoce, puede liderar esta importante organización y no pasa absolutamente nada.
Al fin y al cabo, si no están por medio Estados Unidos, Israel o Palestina, ¿a quién le importa lo que pasa en la ONU?
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