Todas las naciones que han tenido una historia colonial tienen sus vergüenzas. Y, mientras al lado anglosajón –tanto a ingleses como a norteamericanos- se le recuerdan a menudo sus miserias imperialistas, -tanto más graves cuanto más cercanas-, Francia suele quedarse en un injusto segundo plano.
Sin embargo, no hay que irse muy lejos para encontrar un trágico ejemplo; ni al imperialismo decimonónico, ni a la carrera imperialista de previa a la Gran Guerra, ni tampoco a los episodios previos y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Estos días se ha sabido oficialmente –porque saberse, ya se sabía- que el gobierno francés de Mitterrand conocía, con varios años de antelación, el genocidio que se estaba mascando en Ruanda. Y no sólo es que no hiciera nada por evitarlo, sino que trató de sacar tajada apoyando claramente a uno de los dos bandos, el hutu. Y lo hizo, además, con la connivencia del Secretario General de la ONU de entonces, Boutros-Ghali.

El resultado ya lo conocemos: 800.000 muertos en unas pocas semanas.
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