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Breves apuntes para la historia del consumismo

Escrito por Fabian el 26 de Octubre de 2008 · 1 comentario

El consumismo es una consecuencia directa del neoliberalismo, en el cual se establece una jerarquía vertical, estando a la cabeza un reducido número de personas encargadas de dirigir aquellos emporios comerciales que día a día pugnan por encontrar mercado a sus productos mediante la propaganda excesiva, que llega a lo más recóndito del inconsciente del ser humano, apoyada por esquemas de vida “idóneos” y deseables. Todo se reduce a crear una necesidad imperiosa, para obtener mediante el dinero el artículo deseado y el estilo de vida deseado. A fin de cuentas, el artículo a consumir no representa una necesidad básica, pero la satisfacción de los deseos  produce placer y en consecuencia felicidad.

Así, la felicidad humana como menta máxima, no consiste del todo en el desarrollo de la creatividad humana o de una evolución del espíritu dinámico del hombre, sino en la obtención o mejor dicho la posesión de la mayor cantidad de objetos que producen estatus social. Pero, como lo apuntaría Erich Fromm, en última instancia el objeto del deseo termina por poseer y absorber la voluntad del que lo posee, resultando en un círculo en el cual entre mas se posee más se desea, poro no por ello se puede conseguir todo lo que se desea, creando un vacio emocional que conlleva a la perdida de la valoración de la condición humana[1].

A grandes rasgos, así se perfila el consumismo en la actualidad. Pero, ¿Dónde inicia este modelo social? A lo largo de estas líneas tratare de exponer cual es el antecedente del consumismo moderno, a saber, el momento en el cual se dio el cambio entre la antigua sociedad corporativista y artesanal donde el consumo estaba limitado a ciertas esferas sociales, y en todo caso se planteaba como una cuestión secundaria y supeditada a aspectos metafísicos como lo serian la religión, el poder, el ideal de pertenencia, etc.

Y el hombre dijo hágase la maquina…

El origen de este fenómeno tiene sus raíces en la Revolución Industrial y la difuminación de las ideas ilustradas a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, recibidas con beneplácito por la clase burguesa, a la cual estaban dirigidas estas innovaciones tanto intelectuales como económicas.

En primer lugar, las innovaciones de la Revolución Industrial, y en especial la máquina de vapor,  permitieron lo que antes no había sido posible: los excedentes y la acumulación de capital. La introducción de las maquinas, que trabajaban con energía resultante ya no del esfuerzo humano sino del vapor y de un proceso mecánico, permitían reducir el trabajo y producir con mayor rapidez lo que antes era conseguido por los avatares de la naturaleza, o bien, por el esfuerzo humano aplicado en el trabajo artesanal y corporativo. Así, la clase burguesa, que en su mayoría mantenía su estatus del comercio y de talleres artesanales, obtuvo un gran impulso económico con la introducción de estas innovaciones y con el paso del tiempo se derivaron en el establecimiento de pequeñas fabricas que aumentaron la producción, con una ganancia mayor y en un menor tiempo.

Las ideas ilustradas y el imperio de la razón, fueron el segundo factor que permitieron en la segunda mitad del silgo XIX el desarrollo como estrato social a la burguesía (precursores del patrón y de los capitalistas del siglo XX). Con la deposición de los privilegios de los nobles y del predominio de la iglesia, la burguesía se posiciono en una situación ventajosa que le permitió acceder a puestos importantes en el estado, y en adelante fungieron como los protectores de las nuevas pautas morales que rigieron el comportamiento de la sociedad. Por otro lado, introducen la teoría del liberalismo económico, para dejar de lado la intervención de estado en asuntos económicos de particulares (este fue el antecedente del posterior consumismo).

Este proceso desemboco en la industrialización de las urbes europeas, en especial las inglesas, a principios del siglo XIX y la creación de grandes sectores industriales en los cuales se concentraban las fabricas[2]. Con ello, se le dio un nuevo aspecto y una nueva definición a la ciudad, los rieles inundaban el paisaje urbano, las materias primas circulaban de un lugar a otro, los flujos humanos en un devenir casi mecánico en una ruta preestablecida de la fabrica a las zonas habitacionales, contiguas a la primera para contar de una manera permanente con la mano de obra. En sí mismas, estas zonas habitacionales formaron un pequeño núcleo de ebullición humana, donde la vida se regía por ciertos patrones de conducta ya determinados. Todo lo anterior dentro de la urbe moderna, que vio nacer una nueva clase: el obrero.

El obrero y la nueva ética

En esta misma dinámica, una de las consecuencias de la industrialización de la ciudades inglesas y posteriormente de las urbes de Europa, resulto en la atracción de un gran número de humanos, que, alentados por el ideal de progresó emigraron a los nuevos focos urbanos, para ser contratados en los centros de industrializados, dejaban las actividades del campo o bien de los sectores productivos que aun funcionaban en talleres artesanales,  para ingresar en el nuevo sistema de vida, mostrado como muy atractivo por las posibles opciones de desarrollo que prometían bastante a los obreros. La nueva clase se nutrió no solo de campesinos y de empleados artesanales, la mayoría de las personas que vivían en la miseria dentro de las ciudades también se vio atraída por las fábricas y por la promesa de progreso que la condición de obrero reflejaba y que estuvo en boga en el espíritu de la época en el mundo occidental.

El obrero fue el pilar de lo que algunos sociólogos llaman el sistema fabril de finales del siglo XIX y principios del XX. En base a las afirmaciones de pensadores de siglos anteriores como Francis Bacon, Descartes, Diderot, etc. que planteaban el dominio del hombre sobre la naturaleza, se ideo una nueva ética, la ética del trabajo[3]. Esta ética dejaba de lado el apego sentimental que el obrero podía sentir por su creación y en consecuencia le era impersonal ambigua y casi carente de sentido. El objeto era crear obreros que produjeran eficientemente un bien y que los números de producción del mismo fueran altos para crear excedente y en último término ganancia para el patrón burgués, sin importar la explotación de los recursos naturales que a fin de cuentas estaba para servir al hombre por mediación de los obreros.

De este modo, pierden sentido dos factores que a lo largo de los siglos habían tenido un lugar especifico y significativo dentro de las relaciones económicas y dentro de la moral de las personas a lo largo de los siglos pasados, por un lado el trabajador y toda la amalgama de valores implícitos al trabajo queda relegada a un segundo plano o bien es discretamente extirpada de la mente de los trabajadores; y por el otro la naturaleza, que ya no era un elemento misterioso y ajeno a la voluntad humana, la ética del trabajo y la idea de progreso menoscabaron todo el significado de lo que era la naturaleza, se convirtió en un medio y en una especie de esclavo más a los ojos de los patrones y de la sociedad occidental. Pero en eso no termino la ética del trabajo, en sí, su objeto era tener un control total de la vida del trabajador es por ello que se crearon los conjuntos habitacionales que agrupaban a los obreros, dentro de ellos se ofrecían ciertos servicios como la educación, para los hijos de los obreros, con finalidad de inculcar la nueva ética desde temprana edad.

“Todo” al alcance de “todos”

Cabe aclarar que a estas alturas, es decir en la segunda mitad del siglo XIX, el consumismo aun no era planteado de la manera como lo conocemos hoy en día, los obreros aun no era el cliente en potencia de las mercancías que ellos mismos producían, los costos aun eran elevados para la clase obrera que sumida en la miseria y la sobreexplotación no contaba con los recursos para hacerse con lo que fabrica. En contra partida el patrón, la nueva faceta del burgués salido del siglo de las revoluciones, no tenia los elemento teóricos ni prácticos para abrir un mercado a sus obreros.

En esa etapa se vivió el “fetichismo de la mercancía”, un modo en el que discretamente  los economistas y teóricos de la sociedad capitalista de finales del siglo XIX sustraían, de manera conveniente, la relación que el producto tenía con la “fuerza de trabajo” y en ultimo termino con el humano que ejercía esa fuerza de trabajo, es decir, veían la “fuerza de trabajo”, como lo apuntaría Marx, como una mercancía más, un mero objeto de posesión comercial con el cual se podía entrar en el mundo del mercado[4].

Lo anterior cambiaria con las aportaciones a la industria y a la sociedad capitalista por parte de Frederick Winslow Taylor, impactando con la idea de la organización científica del trabajo en el sector industrial de finales del siglo XIX. Esta aportación se dividió en dos planteamientos, que a la larga dieron las bases para el surgimiento del consumismo, a saber, la producción en cadena y el aumento de salario a los obreros según su capacidad. El primero se refería a los tiempos que tomaba finalizar un bien, los métodos y herramientas, los números de producción y por último el estudio del mercado al cual iba dirigido el artículo. En segundo lugar, propuso el aumento del salario y la división del trabajo de los obreros para que alcanzaran un mejor nivel de vida y trabajaran con mayor eficiencia.

Pero, estos planteamientos no serían aplicados sino hasta principios del siglo XX, cuando Ford, perfeccionando la teoría de Taylor, abrió la producción en masa de su automóvil Ford modelo T, que llego a producir 300, 000 vehículos al año un cantidad poco convencional para la época[5]. Y fue cuando concibió la idea de abrir el mercado ya no solo a ciertos grupos sociales, en adelante sus trabajadores serian los nuevos clientes, aumento su salario y no solo eso, hizo campañas publicitarias que buscaban crear la necesidad del obtener un automóvil.

De este modo inicia, curiosamente en Estados Unidos, la época del consumismo reflejado en el american way of life, la industria paso a poseer a sus empleados como clientes en un círculo vicioso de producción y compra. Se crea una realidad alterna, una realidad deseable en la cual los objetos producidos se convierten en la meta última del trabajador, son garantes de status social, satisfacción personal y en ultimo termino una felicidad aparente. De este modo,  inicia la era del márquetin aliado con la industria y con los señores del dinero, que iniciaron la venta de objetos “necesarios” para la vida cotidiana y que tanto dio de que hablar en los 20’s.           


[1] Fromm Erich, ¿Tener o Ser?, Fondo de Cultura Económica, México, Primera edición, 1978 pp. 27-29.

[2] M. Craig Albert, et. al. The Heretige of the world Civilizations, Prentice Hall, New Jersey, 4° edition , 1997, p. 727

[3] Bauman Zygmunt, Trabajo consumismo y nuevos pobres, Gedisa Editorial, Barcelona,  1° edición, 2000, p. 22

[4] Bauman Zygmunt, Vida de Consumo, Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1° edición, 2007 p. 28   

[5] Isidro Jiménez “El artesano sentimental (Raíces ideológicas del nuevo consumismo)http://www.letra.org/spip/article.php?id_article=1660 (ví: 20 de octubre de 2008)

 

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