En 1978 se halló un papiro en Egipto, y hace unas semanas National Geographic ha comunicado que, tras mucho tiempo de trabajo, han podido autentificarlo: se trata, al parecer, del Evangelio de Judas, que presenta a Iscariote no como un traidor, sino como el elegido de Cristo para llevar a cabo la misión de traicionarle y salvar a los demás. Hay un buen artículo en el New York Times, y otro en El País, y muchos más, claro.
La discusión, me parece, no llevará a ningún lado. Habrá unos que digan una cosa y otros que digan otra. Todo parece indicar que el documento es original. Que la historia que cuenta también lo sea, es una cosa muy distinta. A mí me da bastante igual, aunque me llama la atención lo oportuno del momento. Ya saben: estamos en Semana Santa y a poco más de un mes para el estreno mundial de El Código Da Vinci. ¿Casualidad?
Ya lo veremos. De momento me quedo con las palabras de dos participantes en el debate, que reflejan (creo yo) las dos posibles formas de ver este asunto. Por un lado, Terry García, vicepresidente de National Geographic, asegura que el hallazgo “es el descubrimiento arquológico más importante de los últimos 60 años“. ¿Tiene National Geographic intereses conjuntos con Dan Brown?. En fin, por otra parte tenemos un comentarista más racional, Elaine Pagels, profesor de religión en Princeton y especialista en gnosticismo, que dice que “descubrimientos como éste acaban con el mito de una religión monolítica, y demuestran cómo de diverso y fascinante fue realmente el cristianismo primitivo“.
Pues eso creo yo. Ni teorías de la conspiración ni secretos inconfesables que hagan temblar los cimientos del Vaticano. Tan sólo un documento más que atestigua la primitiva diversidad de una religión cuya Iglesia es demasiado reacia a admitir las discrepancias.
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