Mentiras Piadosas. Blog de actualidad, política y cultura

Soldados de Salamina

Escrito por CalheR el 27 de Abril de 2006 · Sin comentarios

Llegó a mí casi por casualidad. Había visto la película y me había encantado. Empecé a leerlo sin intención de llegar hasta el final, como cuando coges cualquier cosa que está encima de la mesa para echarle un vistazo. Sin embargo, desde un principio me enganchó, creo que en parte por el estilo literario de Javier Cercas, en parte por conocer el argumento por la película, y en parte por ir encontrándome, de vez en cuando, con una serie de perlas que me hacían seguir con interés. En ese sentido el libro se parece mucho a la película. El estilo es bueno de por sí. Como esa lluvia que parece poca cosa pero te va calando, así te vas introduciendo en la historia de esta novela (o relato real o relato de la vida real o como quiera llamarlo el autor), casi sin darte cuenta. Y de cuando en cuando, alguna joya, en forma de párrafo genial en el libro, o de escena inolvidable en la película. Y también bastantes pasajes de profunda reflexión, que invitan a seguir pensando mientras uno sigue sin despegar el ojo del libro gracias al verbo ágil de Cercas.

He de decir, de paso, que la adaptación cinematográfica de David Trueba es una de las mejores que he visto. Conserva intacto el espíritu del libro, que es lo más difícil en estos casos. Cambia cosas que no van más allá de lo secundario (como el sexo del personaje protagonista) y a todo le añade un manejo espectacular del pulso narrativo y unas escenas que pasarán al recuerdo del cine español. El episodio del soldado que, en una tarde fría y lluviosa, se pone a bailar Suspiros de España agarrado a su fusil adquiere una lírica sublime en la película de Trueba, gracias a una estética que sólo se puede alcanzar en un medio visual. Algo parecido pasa con esa otra gran escena en la que el anónimo soldado le perdona la vida a Sánchez Mazas. ¿Para qué matar?

El libro, sin ser una obra maestra (el final-final es algo blandito), deja unas páginas insustituibles con la entrevista última entre el escritor y el soldado Miralles, un personaje con mayúsculas. Trueba acertó al elegir a Joan Dalmau para representarlo, y acertó más aún al no cambiar casi ni un ápice de su monólogo final, cuando recuerda a sus amigos muertos en la guerra, el momento culminante del libro:

A veces sueño con ellos, y entonces me siento culpable: les veo a todos, intactos y saludándome entre bromas, igual de jóvenes que entonces, porque el tiempo no corre para ellos, igual de jóvenes y preguntándome por qué no estoy con ellos, como si los hubiese traicionado, porque mi verdadero lugar estaba allí; o como si yo estuviese usurpando el lugar de alguno de ellos; o como si en realidad yo hubiera muerto hace sesenta años en cualquier cuneta de España o de África o de Francia y estuviera soñando una vida fu