Dice Federico Jiménez Losantos lo siguiente:
Toda la Corona de Castilla, incluyendo naturalmente al Señorío de Vizcaya, no reunía tanta gente cuando fue capaz de descubrir, conquistar, evangelizar y occidentalizar a casi toda América en 50 años
Lo dice al principio de un texto suyo sobre Miguel Ángel Blanco, de cuya muerte se cumplen nueve años estos días. Donde pone evangelizar y occidentalizar, póngase asesinar, aniquilar, robar, eliminar o destruir y se hará, sin duda, mayor favor a la verdad de lo que pasó en aquellos cincuenta años. Pero eso a Federico no le importa. Aquello sirvió para fortalecer una España grande y católica, defensora de la fe. Qué importan cuatro indios.
Federico, tan fiel a la verdad, cree que aquello fue evangelizar. Es lo que él, desde su humilde púlpito, trata de hacer cada mañana. Evangelizar a la pobre, desmoralizada y descreída sociedad española. Es una persona anclada en el pasado de una España única, grande y católica. Y no pierde oportunidad para mostrar su triste nostalgia. Por defender sus creencias hace lo que sea: se ha convertido en el mayor demagogo moderno, en un mercenario puesto al servicio de la fe, en un genocida de la palabra. Nada nos extraña ni nos sorprende ya de él. Esperamos como triste costumbre que salga de sus labios una nueva ración de mugre diaria.
Como no podía ser de otra manera, si aplicamos lo anterior a la muerte de Miguel Ángel Blanco, de la que ahora, como decimos, se cumplen nueve años, obtendremos que el pobre concejal vizcaíno murió por defender la libertad y la fe de su grande e insigne patria española. Federico convierte a este hombre en un mártir moderno, hasta lo compara con Jesucristo. Para él no existen matices. Si eso no es manipular el sentimiento de las víctimas, que venga Dios y lo vea. Si eso no es faltar el respeto a todos los que ha tocado de cerca el terrorismo y no piensan como él (que son muchos) entonces me callo.
Pero ahora digo yo: ¿y si algún gobierno, antes de aquél fatídico día de 1997, se hubiese decidido a iniciar una negociación con la intención de llegar al fin de ETA, y hubiera tenido éxito? Muy sencillo, habría pasado que no habría muerto. Se me dirá que entonces ETA no estaba por negociar, que estaba fuerte, en un buen momento. Es verdad. Por eso, me traigo mi pregunta al presente: ¿Y si la negociación que ahora empieza tuviera éxito? Muy sencillo: ya no habrá ningún otro Miguel Ángel Blanco. ¿No es a ésta situación a lo que debe aspirar todo político? ¿No será una España sin ETA una España mejor?
Son ya muchos muertos, muchas víctimas y mucho terror como para tener que aguantar que la ultraderecha de esta España nuestra se aproveche de ello para recordarnos el montón de serrín que tienen en el cerebro, su nostalgia de una época que jamás vivirán y su miedo a un mundo mejor, libre de su mierda intolerante.
Yo, como español que soy, espero que la negociación (de la que no hablado hasta ahora porque es un tema que me pone de mala leche, véase este post que escribo) llegue a buen término. Es decir, espero que ETA se acabe. Y espero que sea después de una negociación (muchos miembros del PP harían bien en coger un diccionario y buscar el significado de esta palabra) en la que ambos bandos se pongan de acuerdo. Es la mejor manera.
PD: Guille también habla de este nauseabundo (muy acertado calificativo) asunto de la utilización partidista de las víctimas.