En estos días en los que los receptores se abarrotan de ondas proféticas que auguran el rompimiento de España y la quiebra que sacudirá la vieja nación de manual, me permiten, siempre con humildad, que les remita unas cuantas líneas sobre algo que quizá a ustedes les resulte, al menos, familiar.
Resulta que en el tambaleo diario de neuronas que me brinda la siempre presente actualidad, me vengo a encontrar con su imagen -y porqué no decirlo-, con mi propia sonrisa, olvidada como la tenía en uno de los bolsillos traseros del pantalón. En la foto un amigo mío, un amigo de ustedes. Seguro que lo han visto antes, de eso no me cabe duda. Lo que me gusta de él –me permiten la licencia- es que es tan catalán como manchego, tan andaluz como madrileño, hasta gallego. Es tan del Barca como del Madrid, o del Cádiz, y no tiene ningún quebradero de cabeza por eso. Sólo falta en Murcia, por eso de que le gusta atiborrarse de huerta murciana (y es un peligro), y en Cantabria, pese a que a él lo cántabro le pone tanto como a su presidente España. Pero aquel frío invernal sus huesos ya no lo aguantan. También me gusta de él que no es de ninguna España, o que es de todas. No tiene ningún color, y no sólo porque sea de un brillante negro azabache. Tampoco lleva escudo, ni hierro al fuego, ni slogan, ni marca, su lomo libre trota contra el viento. A él le gusta el fútbol como a nosotros, y casi todos los deportes, pues se va montado en banderas y camisetas hacia lugares lejanos, donde haya deportistas españoles, a empujarlos. Me gusta de él que esté siempre vigilante, incluso en las noches más frías de luna llena, cuando su fulgor y el de las estrellas lo recortan en el llano, viéndonos pasar con el coche, seamos como seamos. “Ya hemos vuelto, una vez más” pensamos, y atrás lo dejamos, mientras él se yergue atento a una lechuza que pase. Mi torito, tu torito, nuestro torito, ha cumplido 50 años. Cada vez más grande y más alto, más fuerte y más libre, no sólo es de Osborne, es cada vez más de todos. Los 21 que trotan por Andalucía ya son parte del Monumento del Patrimonio Histórico andaluz.
Pasión, sangre y arte para unos, víctimas inocentes de la última salvajada animal que queda en Europa para otros. Un poco de los dos quizás. Tíldenme de español cañí si lo desean, pero los hijos de los que tienen la carretera como oficio no hemos podido evitar divisarlo en cada horizonte y sonreír. Y que siga ahí, nos una o no.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.Miguel Hernández (Como el toro ha nacido para el luto, 1935)
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