Estamos todos pendientes de las elecciones en Francia, pero Turquía está viviendo estos días un proceso de vital importancia para su futuro, y para el de la Unión Europea. Y no tiene buenos visos de salir bien. Sobre todo, para los que defendemos un avance progresivo en el acercamiento entre Turquía y Europa, que estamos viendo estos días cómo esa posibilidad va a salir mal parada pase lo que pase con la elección del nuevo presidente.
El Parlamento turco está a punto de elegir a un islamista para el cargo, Abudlá Gül (islamista moderado, dicen), lo cual alejará, como es natural, a Turquía de su vertiente laica, secular y occidental. Y el ejército, firme defensor del laicismo, ya ha amenazado seriamente que no va a hacer una excepción si Gül sale elegido. Ya pasó algo similar en 1997, y el asunto acabó en golpe de estado.
La Unión Europea también amenaza: ha dicho que, si Turquía quiere seguir hablando de una eventual incorporación al club, el ejército tiene que mantenerse fuera de la política. Así que si los militares cumplen su amenaza, malo. Y si no la cumplen, malo también. El momento es delicado.
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