Dicen por ahí que es en la experiencia de la vida cotidiana donde uno puede llegar a encontrar respuestas a grandes cuestiones, encerradas en los más ínfimos detalles. En mi caso, ha habido algunos de esos momentos en los que he podido sacar grandes enseñanzas. Hace muy poco tuve la oportunidad de experimentar uno de esos momentos mientras volvía a casa en autobús público, algo que llevo haciendo de seguido desde hace seis años, y que me consume casi cuatro horas diarias de mi vida, lo que da lugar a presenciar una multitud de situaciones inverosímiles, ni mucho menos agradables muchas de ellas. También he de decir que tengo cierto ángel que me rescata de estas procesiones diarias muchas veces en semana y que me reduce esta procesión rutinaria en muchas horas. A ella va dedicada esta entrada.
Pues bien, tras tomar el segundo autobús público a eso de las nueve y media de la noche, decidí sentarme en la parte posterior, donde quedaban algunos asientos. Delante de mí una pareja con un niño pequeño tomó los últimos asientos. De seguro eran inmigrantes, y por sus rasgos, su tono de piel y su idioma, debían ser originales de Europa del Este. Eran rubios, de ojos y piel clara, bien proporcionados y relativamente atléticos. De seguida se sentaron y tomaron un periódico gratuito para entretenerse, mientras el niño miraba hacia la ventana entusiasmado, diciendo algunas palabras en otro idioma. Sus padres se esforzaban en leer en castellano. Yo, un asiento delante de ellos, pude observar la llegada de otra persona, que se sentó justamente delante de mi pareja de asientos. Era una chica joven, un metro cincuenta, de color tostado, de pelo castaño y rasgos indígenas. Al momento llegó un chico de similares características, de pelo negro, que se sentó junto a ella y la abrazó cariñosamente. Una joven pareja, los dos bastante agraciados y presumiblemente procedentes de América del Sur: ecuatorianos, peruanos o bolivianos, quizá colombianos.
Hasta la siguiente parada todo permaneció en calma, nada parecía raro o inusual. Hasta que entró cierto personaje (y consorte) para ocupar justamente la pareja de asientos que quedaban a mi izquierda, al otro lado del pasillo. A partir de ese momento l cosa si empezó a ser algo inusual. Un chico que rondaba los veinticinco, bastante grueso se comunicaba a “voces limpias” con su novia, sentada a su lado y no tan gruesa pero sí corpulenta, que aparentaba una mayor edad que él. Lo primero que se le escucha es lo siguiente: “illa, si este autobús fuese de los de “gusano” (articulado, de dos cuerpos) nos íbamos a fumar detrás”. A lo que siguió “aquí no pone que esté prohibido fumar”. Tras considerar para mis adentros que dicho individuo no sabía interpretar símbolos sencillos como el que representa en los ventanales de los autobuses la imposibilidad de fumar, así como la probabilidad de que se hubiera tragado un megáfono, la siguiente actividad de la pareja fue devorar dos paquetes de fritos, los que seguidamente terminaron en el suelo por efecto de la invitación del sujeto a dicha acción diciendo: “ea, ahora a la papelera”. Tras ello, continuó “me voy a quejar de dos cosas, de que no hay ceniceros y de que no hay papeleras”. Manteniendo el mismo tono de voz continuó su discurso pavoneándose de haber pasado más de una noche en los calabozos de la comisaría, hasta que tuvo la genial idea de repasar todas y cada una de sus melodías para el móvil, todas de inspiración break-beat, pero compartiéndolas con todo el autobús, con una en especial, que pudimos escuchar más de una vez durante 20 minutos. Finalmente, y para descanso de todo el pasaje, la criatura y pareja se apearon en la céntrica parada de un pueblo-ciudad muy cercano a la urbe. Claramente, y por si quedase alguna duda eran nacidos en España, “educados” en Andalucía.
Tres parejas distintas, dos de ellas extranjeras, una local. Las dos extranjeras poseían una educación inmejorable, nunca se expresaron (y las tenía a menos de un metro) con una voz más alta que otra. Incluso los sudamericanos también consultaron su móvil, sin molestar a nadie. La pareja local era la vergüenza incluso de aquellos viajeros que de edades más avanzadas, contemplaban con total indignación la actitud de aquel tipo. Y es por estas cosas que uno se tiene que reír a carcajada limpia cuando hay quien defiende teorías nacionalistas y anti-inmigración con argumentos tales como: “los inmigrantes contaminarán nuestra cultura”, “el trabajo es para los españoles”, y habrá quien diga eso de “es que no tienen educación”. Esto es una situación aislada, me podrán decir. Es cierto, pero es tan aislada como las bandas de jóvenes delincuentes latinoamericanos o las mafias del este. Gente sin educación, sin respeto, y poco civilizada la hay en todos sitios. No se puede generalizar, ni endemoniar a un colectivo social para ganar unas elecciones. Parte de nuestra juventud, como este individuo, ha olvidado lo que significa ser “ciudadano”, algo que hay que practicar y demostrar todos los días. Ojalá esa “contaminación” sea tan educada y respetuosa como aquellas dos parejas y recuerden a individuos como al que me refiero lo que significa pertenecer a una sociedad civilizada.
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CalheR ↓
Mierdas de estos, sin la más mínima educación ni respeto por los demás, los hay en todos lados, efectivamente. Igual que en todos lados hay gente educada y con clase. Pero claro, siempre es más fácil acusar al diferente, al indefenso, al miembro de la minoría.
Al hilo de esto, hay una cosa que me gusta mucho de Sarkozy -quizá la única, aunque de gran importancia en su discurso del otro día-, y es su énfasis en cultivar el civismo y recordar a todo el mundo que esto de la ciudadanía es una cosa que conlleva derechos, sí, pero también obligaciones.
Aquí todo el mundo se pasa el día recordando el derecho a la vivienda digna, al trabajo fijo y bien remunerado, a la sanidad pública y de calidad, etcétera. Y está muy bien que se haga, pero nadie clama por el respeto, la educación, el buen comportamiento o la necesidad de trabajar para hacer que la sociedad crezca.
Y así estamos, con esta proliferación de niñatos que se creen que pueden hacer lo quieran, donde les plazca, y sin ofrecer nada a cambio.
Preem Palver ↓
Totalmente de acuerdo. Yo tengo fichado un grupito de 3 o 4 chavales que, lejos de ser barriobajeros como los que tu describes siempre vienen con uniforme de escuela privada y tienen pinta así pijilla (pulsera con la banderita de España inclusive).
Pues estos chavales, que no son niños chicos -tendrán 16 o 17 años- se dedican a comer pipas y a tirar las cáscaras al suelo, para colmo devoran entre todos por lo menos 3 paquetes de pipas hasta la última parada y lo dejan todo hecho un asco. Una vez un anciano les llamó la atención y uno de los niñatos le chilló “¡pero lo va a limpiar usted!”. Vaya, sin vergüenza alguna.
Lo peor de todo es que, como decís, ellos son los primeros en clamar contra los inmigrantes. Me gustaría ver como sería España sólo con gente como ellos.
CalheR ↓
Y seguro que, si encuentras a un espécimen que se exprese con cierta claridad, y le dices que no haga eso, te saldrá con la estupidez de: “¡eh! ¿es que acaso no tengo derecho a comer pipas y tirarlas donde me dé la gana? ¡¡¡esto es un país libre!!!”
Meneame.net ↓
Meneame.net:
Interesante anécdota que demuestra que no siempre los locales son los más educados, y lo absurdo de las políticas anti-inmigración y racistas. Por si aún queda gente que diga: “los inmigrantes contaminarán nuestra cultura”, “el trabajo es para los españoles”,“es que no tienen educación”
Jcloisp ↓
Como mexicano y como español que soy constantemente me veo en situaciones parecidas, situaciones en que he sentido vergüenza ajena por ejemplo con las bandas de Latin Kings… sin embargo y como bien dice la anécdota estos casos son aislados, y gente sin educación la hay en todas partes. Es normal sentir miedo hacia las cosas nuevas, como la inmigración, el choque de las culturas puede ser tremendo, pero lo importante es adapatarnos, aceptarlo y no verlo como algo negativo que haga que ese miedo se transforme en odio. No hay que olvidar que los españoles en su momento, también nos vimos obligados a emigrar, para comer, para vivir dignamente. Ahora hay gente que viene de otras partes en busca de lo que su país no pudo ofrecerles.
Gracias a tu amigo por contarnos su anécdota.
Jota ↓
Yo no lo hubiera dicho mejor. Gracias a ti por leerla :).
Fiesta ↓
El otro dia en la fiesta del cole de mi sobrino, estabamos sentados esperando que empezara la funcion, y, como en todos los sitios, unos maleducados, o egoistas, o listos se pusieron en el pasillo delante, tapandonos a los que estabamos sentados. Habia tanto
españoles como inmigrantes. Cuando ya empezo la funcion quedaron una señora española y dos chicas sudamericanas. Al llamarles la atencion la señora se busco otro sitio, una sudamericana se agacho, y la otra siguio como si no fuera con ella. Al llamarla la atencion una segunda persona ya se agacho. Pero fueron las unicas que se quedaron ahi.
Esto es otro ejemplo.
Tambien hay mucho chulo español conductor de su coche que,
o le dejas pasar o se baja y te pega una paliza.
Esto es otro ejemplo que tambien he presenciado.
No tengo estadisticas que daros para ver que poblacion tiene
mas indice de mala educacion.
Pero es verdad que cuando un inmigrante es el maleducado
esta peor visto que si es un español. quizas esto ocurra tambien
fuera. Sera porque si vas de “visita” o eres nuevo o acogido en
un sitio no esta tan bien visto desentonar…
isabel ↓
Acabo de leer este artículo y vuestros respectivos comentarios, quizás un poco tarde porque es del mes de mayo y estamos ya en octubre pero no sabía que existía este blog hasta que hoy lo he encontrado por casualidad.
Me alegra leer vuestras opiniones y la anécdota del autobús, ya que es raro, por lo menos en mi vida, encontrarme con gente que opine como vosotros.
Hace dos días cogí un autobús de Almería a Murcía, en él habían el 80% marroquíes,ecuatorianos etc y el 20% restante éramos españoles, el caso es que al subir al autobús todo el mundo buscaba el número del asiento que llevaba en el billete, se armó gran revuelo porque subimos todos juntos a última hora (por orden expresa del conductor) y claro mucha gente se sentó en el sitio equivocado. Mi sorpresa (aunque no tanta) fue ver como los españoles reclamaban su asiento a los “extranjeros” de mala forma y como con rabia, ejemplo: “yo, voy ahí!! “ese es mi sitio!!” hasta una señora española que aparentaba muy educadita, abrió la boca y con muy mal humor echó a un marroquí de su asiento. Sin embargo ellos, los inmigrantes se levantaban con cuidado, sonrientes y diciendo: ok disculpe. Dios! yo estaba sentada al lado de un ecuatoriano muy simpático que me preguntó si ese asiento que ocupaba era el suyo (claro, el pobre viendo lo que había…)
, yo le dije que no, y él tranquilamente se levanto y me dedicó una sonrisa, su asiento lo ocupó otro ecuatoriano, también muy educado, mi mejor compañero de viaje, silencioso, agradable, hasta me dejó una revista que llevaba… Un señor, por llamarlo de alguna forma que estaba sentado detrás no tuvo ningún reparo en que le oyeran y dijo: esto está lleno de inmigrantes, no hay españoles…!!!! con muy mala leche. Y me dio mucha vergüenza ajena.
Y una vez más pensé, hay gente que me intenta convencer de la mala educación de la inmigración y su poco civismo, pero
¿cómo pretenden convencerme viendo lo que veo…?